miércoles, 31 de marzo de 2010

Deseo de ser punk.

Una lectura rápida no es lo opuesto a una digestión lenta. La última novela de Belén Gopegui, Deseo de ser punk podría convertirse en la versión femenina de El guardián entre el centeno aderezada con la furia y la disidencia de la música. Una furia incontrolada e inmensurable de una adolescente sin ganas de seguir caminando por el conformismo actual, capaz de sonrojar a los adultos que creen en la lucha pero balan domesticados. Puede ser el anverso a No pongas tus sucias manos sobre Mozart, de Manuel Vicent, donde un padre bienpensante, progresista y lector de El País no soporta ni un minuto más la displicencia de una juventud adocenada.
Lenguaje juvenil para un retrato de una modernidad sin trabajo, sin locales gratuitos y sin rabia, esa electricidad que viaja por las venas como por los cables de un amplificador en medio de una canción.
Canciones de amor y de odio entre fórmulas radiofónicas almibaradas o entre estilos industrializados.

Estudiantes de Teoría de la Literatura en el rastro.


Es domingo por la mañana y hace un día radiante, espléndido. El mejor desde que estamos en Madrid. La gente deja los abrigos en casa y sale en mangas de camisa. Incluso en tirantes. Van locos. Parecen vampiros redimidos de su fotofobia. Se lanzan a saborear los puestecillos o simplemente a observar atudidos el remolino de viandantes que se expande como una avalancha sobre las calles de la ciudad.
Pero ellos, los teóricos de la literatura, permanecen ajenos a ese tropel.
Han encontrado lo que venían buscando: libros.
No para comprar. Sólo: sopesar, admirar, contrastar, analizar, inventariar, reseñar,estudiar, comparar, compartir, destripar... ¿Sigo?

Menú del Bar Rambo


Cuando sale el sol, Madrid se viste de gloria. Y las calles, los museos, las plazas y sobre todo los bares están en ebullición. El rastro muestra su cara más amable, a pesar del aumento del número de policías que lo custodian. Policías que vacilan con el tendero y pretenden poner orden en un territorio marcado por el caos: ¿qué sería de este vodevil dominical sin carteristas, regateo, cervezas a pie de calle o trapicheo de quincallas robadas?
Pero la ley siempre tiene trampa, y los mismos que tratan de imponerla hacen la vista gorda a justicias penalizadas. Y si no la hicieran, qué más da. Nada puede impedir disfrutar un fin de semana soleado. Ni siquiera un batallón con cara de perro.
Felices vacaciones.

¡3x1, señora!

miércoles, 24 de marzo de 2010

Igualito que el del pijama.


Primero les quitaron la profesión, les prohibieron la entrada en los teatros, cines y museos, y a los investigadores, el acceso a las bibliotecas: seguían allí por fidelidad o pereza, por cobardía u orgullo. Preferían ser humillados en su patria a humillarse como pordioseros en el extranjero. Luego se les privó del personal de servicio y se les quitó las radios y los teléfonos de las viviendas; después las viviendas mismas; a continuación se les obligó a llevar pegada la estrella de David, para que todo el mundo los reconociera, los evitara y escarneciera en la calle como a leprosos, expulsados y proscritos. Se les privó de todos los derechos, se ejerció sobre ellos con sadismo toda clase de violencia física y psíquica y, de repente, se convirtió en espeluznante verdad el viejo dicho popular ruso: "Del saco de mendigo y de la cárcel, nadie está a salvo".
El mundo de ayer, Stefan Zweig.

Amor canalla.


PEDRO: Era la hora de comer y había muerto su padre. Total, que con el estómago vacío y el embrollo de tener que lidiar con las funerarias tuve que presentarme en su casa. Menudo panorama: su madre, su hermano pequeño y su abuela llorando a moco tendido mientras yo miraba el reloj porque no podía llegar tarde al partido, que ya llevaba dos fines de semana sin aparecer, y ella, que me había suplicado por teléfono, sin hacerme ni caso.
Así que ayudé a cargar el cuerpo en el coche, me despedí y corrí hasta la pista cambiándome por el camino.
Al día siguiente me llamó y me dijo que me dejaba, que era un insensible y un irresponsable y que si para algo le había servido la pérdida de su padre era para darse cuenta de todo y encontrar la ocasión para mandarme a paseo. Con estas palabras.
Por lo menos, ganamos a los del barrio de al lado.
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LUCÍA: Ese día murió mi padre. No sabía qué hacer. Mi madre, mi hermano pequeño y mi abuela lloraban a moco tendido y yo, que sólo sentía ganas de salir corriendo, debía quedarme, hacerme la fuerte y lidiar sola con las funerarias.
Decidí llamar a Pedro, mi novio. Él sabría qué hacer y quizá podría abrazarme, besarme, decirme que todo iba a ir bien.
Cuando le llamé no podía entender qué me decía. Por lo visto esa tarde tenían partido en el barrio y él todavía no había comido. Tenía hambre.
No escuché y vino, con desgana. Mi padre seguía en el salón. La escena era desoladora. Un nudo en la garganta me impedía respirar. Estaba mareada y desconsolada. Mi madre se acostó. Cuando vino la furgoneta Pedro les ayudó a levantar su cuerpo.
No supe más de él ese día, salió corriendo hacia el campo. Quizá le daba tiempo de llegar, me dijo.
Esa noche no pude pegar ojo. En la habitación de al lado mi abuela intentaba consolar a mi madre, que tenía una crisis de ansiedad. Sin noticias de Pedro. Lloré y lloré sola bajo las sábanas hasta que mi hermano pequeño vino y se metió en la cama conmigo. Esa noche dormimos abrazados.
A la hora de comer lo vi todo claro. Pedro aún no se había dignado hacer acto de presencia.
Le llamé y le dije que lo dejaba, que era un insensible y un irresponsable y que si de algo me había servido perder a mi padre era para darme cuenta. Lo mandé a paseo.
Creo que no le importó. Me dijo que habían ganado el partido. Yo había perdido a mi padre.

Ofertones en Carrefour.



En primer plano una pareja se gira. Algo llama su atención.
En el margen izquierdo, como quien no quiere la cosa, un caballero se hace el distraido. Se nota que se esfuerza por no mirar.
Cada noche lo mismo.
El Carrefour de nuestra calle saca hacia las diez los productos que están a punto de caducar.
Cada noche se congregan alrededor del contenedor un grupo nutrido de personas.
Buscan su comida lejos de los estantes pulcros y se enzarzan en una pelea con los punkis del barrio en ver quién saca más rápido aquello que los demás no han querido. Aquello que los clientes que sí se pueden permitir comprar han desechado.
Cada noche veo a la misma familia de ecuatorianos: padre, madre e hijos (hasta a veces la abuela) llegar presurosos con el carro de la compra.
Llegan preparados para cargar, pero se quedan en la puerta. Esperando.
Una chica con uniforme saca a rastras el mismo contenedor gris y naranja. Noche tras noche, la misma historia. Y ya llevamos tres meses en Madrid.

martes, 23 de marzo de 2010

Resumen.


Han sido tres semanas intensas. El Estado, con mayúsculas, sube los impuestos y aquellos que jamás sufrirán la crisis se quejan sin dar soluciones. Llegan cambios digitales en el adorno más compartido de los hogares españoles y poca gente exige a sus encubiertos cuatreros de tiempo que si quieren su fidelidad les aseguren los medios o desconecten para siempre ese chisme ruidoso que estrangula silenciosamente otras aficiones.
Los periódicos rellenan cada vez más páginas o engrandecen los titulares, pero siguen requiriendo de la literatura y los grandes nombres para ofrecer calidad y criterio mientras las noticias se repiten incansablemente hasta la ininteligibilidad: la economía explica en su lenguaje cifrado como se rescata a aquellos que nos hundieron, el panorama internacional se olvida de todo lo que no sea Estados Unidos y su mesías, la nación se enfrasca en otro duelo insensato y los deportes se convierten en la metonimia de fútbol.
Y como el día tiene muchas más horas de las que creemos cuando estamos lejos del bullicio, ahí va una serie de películas engullidas durantes estos días con mayor o menor atino: una buena historia de extrarradio en "El truco del manco": cercana, sencilla y creíble; "Fata Morgana", un documental experimental y con aura lírico que es difícil acabar sin desviar la mirada o pasarlo a más velocidad; "In the loop", comedia ágil de buenos diálogos que utiliza un argumento trillado y no deja excesivo poso; "Cashback", una historieta adolescente filmada con estética de videoclip que se deja ver muy amablemente y te deja buen sabor de boca; y, por fin, "Mapa de los sonidos de Tokio", la temible última película de la Coixet que resulta ser menos ñoña y sensiblera de lo que aparenta y transmitir algo más que bonitas imágenes.
Éste es el resultado de varias jornadas de ocio impuesto días antes de unas nuevas vacaciones.