lunes, 27 de septiembre de 2010

Cena en familia.

 Comimos pizzas, reimos, nos emocionamos y, como niños, rebañamos cada uno con una cuchara el cuenco de pudin de chocolate que habían hecho horas antes. Hasta darnos cuenta de que seguíamos siendo iguales, aunque en las fotos aparecíamos más jóvenes de lo que imaginábamos.
Pero, a todo esto, ¿qué pinto yo escribiendo "en familia" rodeado de una pareja rubia, de ojos azules y metro ochenta? 

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Reencuentros.

Tenemos nostalgia del pasado y nostalgia de los reencuentros. Nostalgia de lo que fue, pero también de lo que está siendo en este mismo momento. Creamos futuros recuerdos y, sin embargo, nada hay mejor que el presente.
Reencuentros antiguos te devuelven a lo que eras, pero también a lo que podías haber sido. 
¿Y qué? Aquí estamos, que ya es bastante.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Se van los mejores.

Hubo un año, quizás el de mi ignorancia más placentera, en el que les llegó el turno a folclóricas y chorizos como Rocío Jurado y Jesús Gil. Uno no puede reirse de según que cosas, pero su eco sólo se vio reflejado en el mundillo rosa y en estercoleros semejantes.
Años de buena cosecha y temporadas de sequía. El año pasado la lista se engrosó con Paul Newman, Benedetti, Ayala, José Luis López Vázquez o Azcona, entre otros. Personas que te han dado placeres impagables aunque sólo llegues a clarificar su existencia y sus logros una vez nos abandonan. 
Hoy amanezco con la noticia de la muerte de Labordeta y los titulares que lo tildan de dar voz al pueblo.
Para mí su música, su política o su escritura me es prácticamente desconocida, pero sólo el nombre ya me transmite la sensación de integridad personal. De normalidad entendida como inteligencia y modestia a la vez. 
Delibes, Saramago y ahora Labordeta: como canta Pedro Guerra, se van los mejores.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Piscinas municipales cubiertas. Parte I.

Parece mentira lo gilipollas que son los niños. Y, por encima de ellos, sus padres. Vale que permitas al chaval que se compre el abono de verano y que así te deje tranquilo en la hora de la siesta y se baje con sus amiguitos a pasarse ocho horas en remojo. Vale que alguna mañana lo acompañes porque su pandilla ya está en Benidorm y no hay un Dios en Madrid que quiera salir a la calle. Vale, incluso, que te toque ir con el grupo entero porque las mamás esa tarde tienen compras y no pueden hacerse cargo. Hasta puede valer, con muchas excusas y consentimientos, que lo apuntes a algún cursillo de natación los martes y los jueves y te toque mirar desde las sillas de pvc de la sala de espera cómo patalea un grupo de mocosos con una bandeja azul celeste y carcomida de un lado a otro de la calle. Pero lo que no se perdona, bajo ningún concepto, es que por tu propia iniciativa lleves a tu niño a nadar y te propongas acompañarlo en la fila contigua.
Si lo haces, sabes a lo que te atienes. Si luego te quejas del curro, allá te las apañes. Si pillas baja por estrés, lo menos que pueden hacerte es despedirte por inconsciente.
En una piscina municipal cubierta, lo primero que tienes que aguantar es una cola kilométrica de madres y hasta abuelas cotilleando mientras los renacuajos corren y se pelean en pleno hall del polideportivo. Después, las doce pruebas de Hércules: chanclas, gafas, gorro, toallas, burbuja y demás parafernalia adaptada (adaptada, has leído bien) a la normativa propia de cada recinto. De todas formas, siempre tendrás algo inadecuado (bañador, reloj...) y te tocará escuchar el puto silbato del socorrista desde la silla esa que parece que está arbitrando un partido de tenis.
Después de una sesión tonificante de brazadas, apúrate al vestuario y te encontrarás cambiando de ropa a tu hijo encima de un banco roñoso, sujetándose a tus hombros para no resbalarse y sudando para poder subirle los pantalones.
Qué sacrificado esto de ser padre, y qué invento las piscinas cubiertas. Todo con tal de que nuestros hijos sean felices.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La vida loca.

Si Barrio hablaba de tres chavales periféricos en la afixia de un agosto en Madrid y los dotaba de hilo musical por medio del hip-hop, envolviéndolos del ambiente marginal de sus rimas y de un desamparo social que les hace pensar en abrir coches o idear fiestas caribeñas con figuras de cartón, en La vida loca rozas un sentimiento parecido al miedo.
La vida loca, de Christian Poveda (muerto a tiros poco después del rodaje) no es una ficción social ni un guión limando los diálogos hasta su perfección, sino un testimonio real que graba frontalmente la vida de los pandilleros centroamericanos. Un testigo inmerso en el día a día de las maras, en su cotidianidad individual dentro del grupo, de esta nueva familia enfrentada a otras sin ningún tipo de diferencia religiosa o social más que el ansia de pertenencia. 
Alrededor de hora y media te conmueve y te aterra a la vez. Está grabada de forma tan natural que en pocos momentos te olvidas de la presencia de un productor o un ayudante técnico. Sólo notas el montaje de diecinueve meses en la vida de otros. En su rutinaria y jodida vida. 

lunes, 13 de septiembre de 2010

Enemigos.

¿Por qué estoy frío si hoy hace calor?
Septiembre, y yo no voy a estar.

Qué fácil sería desaparecer en septiembre. Permanecer templado. Tibio ante los acontecimientos de vuelta de curso. Periodo de cambios y de comienzos. Cada comienzo, por ende, es un cambio.
Y no haríamos nada si no tuviéramos cosas que sólo son conceptos abstractos hasta que no las concretas.
Cine, música, literatura, amistad o amor, para no desviarnos mucho.
Nos queda carrete para aguantar fines de semana trasnochando. Horas para disfrutar de antiguos discos y la vida por delante para cultivar cualquiera de esos sentimientos universales.
Podemos empezar, por ejemplo, acercándonos a la discografía de Los enemigos, grupo madrileño capitaneado por Josele Santiago que convirtió el rock como juego de niños en un catálogo de himnos contra la mediocre realidad.
Si los escuchas sabrás que la queja está más allá del berrido o de la rima trovadora. Querrás, por ejemplo, ausentarse en un mes como éste, o pedirle cuentas al que nos encerró en este cascarón.
Y, sobre todo, preguntarnos por qué no hace daño el agua y sí el licor.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La vuelta a la tortilla.

Darle la vuelta a la tortilla es una acción usual y, a su vez, inquietante. No basta que ya hayas dejado que las patatas se doren, los huevos se mezclen en una balsa de lujuria y las cebollas se tuesten por los bordes: en el momento cumbre siempre entran los nervios.
Y es que, a pesar de toda la maquinaria inventada- sartenes de acero inoxidable, aceite ultra virgen o tapas dúctiles de diseño-, como aquellas tortillas recogidas y esponjosas, más altas que anchas, con restos de hollín y posos de una grasa parduzca que cocinaban nuestras abuelas no hay nada.
Los tiempos están cambiando, nos gusta decir. La vida ya no está en otra parte porque no existe tal parte. Conocemos de antemano los lugares que visitamos. Nos quejamos de la velocidad del cambio y nos vanagloriamos de la tecnología. Acusamos el retraso de los demás y corremos para llegar antes.
Pero la vida parece ser bastante más simple. Las calles de la India- como las de Nepal, Uganda y otros tantos países- son un hervidero de existencias en busca de esa mano de nieve que sepa arrancarlas. Necesitadas, como todos, de exigencias y motivaciones.
Pero, también como todos, temen el momento previo a darle la vuelta a la tortilla. Se asustan de los bordes incandescentes, el aceite hirviendo o el plato resbaladizo. Y ese miedo es lo que nos paraliza. A ellos, y a nuestras abuelas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Prisioneros del cine.

Mientras hago memoria, después de un par de superproducciones fallidas como Nine o Donde habitan los monstuos, me viene a la cabeza una película pequeña, de trama fácilmente digerible y de duración asequible: The defiant ones, traducida como Fugitivos, y donde intervienen Sidney Poitier y Tony Curtis. A pesar de tener todas las papeletas de película de sobremesa o de programaciones irrisorias a las tantas de la madrugada, aún no he conseguido ver nada de ella por aquí.
Nosotros la vimos en Nueva York, en esas sesiones al aire libre que organiza la HBO en todas las grandes ciudades estadounidenses y en la que- no sé de que forma- se propagó bailar la música de MovieRecords al principio como si estuvieras en una sala de baile. 
El caso es que fue justo el mismo día que empezamos nuestro idilio con el fabuloso transporte americano y nos subíamos dirección Ontario. Apenas recuerdo el final, pero el argumento de dos presos que se fugan engrilletados a cada una de sus muñecas es lo suficientemente sugerente como para que pases un rato de buen cine y mucha intriga. Algo parecido ocurre con -algo más grandilocuente- El salario del miedo, de Clouzot. 
Dos recomendaciones en un umbral semanal algo baldío en el terreno del videoclub. Esperemos que la próxima vez haya más suerte. Siempre nos quedará la cita anual con Woody Allen y la cosecha otoñal cargadita de buenos frutos.

martes, 7 de septiembre de 2010

No podría estar más de acuerdo.


Acabo de llegar a Madrid.
En Auto Res, como casi siempre.
No tengo coche. Ni siquiera carnet de conducir.
En la parada, en el Km. 175 (Atalaya) me fumé un pitillo con el conductor. Que cómo iba la huelga. Pues no creo que consigamos nada al final, me dijo, esto no interesa a nadie. A mí sí, le dije, pero es cierto que llevaba razón.

Unos tíos que ganan millones anuncian una huelga y, sin llegar ni siquiera a hacerla, ocupan todas las portadas y la actualidad periodística del verano. Los controladores áreos, esos tipos que se lo llevan crudo, pero, caramba, parece que aún les sabe a poco. En cambio, los trabajadores de Auto Res hacen una huelga real, que ha afectado a miles de pasajeros, y la prensa lo saca en letra pequeña y en los sitios más escondidos. ¿Por qué?
Hay diferencias: entre otras, que los de Auto Res ganan entre 1.200 y 1.500 euros mensuales. ¿A quién le puede interesar esa gente? Otra diferencia: el autobús tiene muchos más pasajeros que el avión, de hecho es el medio de transporte colectivo más usado en España, por encima del avión y el tren. Sí, vale, pero los pasajeros de autocar no somos más que gentecilla, nunca perdemos importantes conexiones para enlazar con un vuelo a París ni tenemos que estar inexcusablemente en Barcelona a las 16:33 para una reunión del Consejo de Administración. ¿A quién le importa si nos quedamos sin ir al pueblo? Ya nos apañaremos, por supuesto. Gentecilla conducida por pilotos que son igual de gentecilla, no como las huelgas de controladores, que son gente de importancia conducidos por tipos no menos sólidos, todos de otra calidad.
Después de machacar todo el verano con la huelga (anunciada, pero no efectiva) de los controladores y tratar la huelga de verdad de Auto Res como una noticia sin importancia, El País se limitaba el otro día, como Guillermo Brown, a constatar un hecho:

Lo que los sindicatos no esperaban es que la huelga que acordaron pasara casi desapercibida en los medios de comunicación. Que apenas hubiera titulares, ni espacio en los informativos de radio y televisión.

¿Y de quién depende, don periodista marmolillo? Les habrá sorprendido a los sindicatos, pero no a tu redactor jefe, ¿verdad? ¿O no son ellos quienes han decidido dar la mínima visibilidad a la huelga de autobuses y la máxima a la amenaza de huelga de los controladores? ¿Quién decide qué es noticia y qué no? ¿Quién considera que los empleados de Auto Res y sus pasajeros son carne de cañón y que, en cambio, los controladores aéreos y los pasajeros voladores merecen toda nuestra tención? ¡Pues vosotros, almas de cántaro!
La prensa manipula nuestra percepción de la realidad. Ya, ya,: ¡pues vaya novedad!
Pregúntale a Pascual Serrano o lee su libro.

En las huelgas, lo que suelen hacer es hincapié en las consecuencias pavorosas de la huelga: viajeros durmiendo en el suelo, la niña que no puede ir a la operación a corazón abierto de su padre, el caos, la algarada callejera, las turbas de violentos sindicalistas, las víctimas inocentes de la furia proletaria, etc., pero se callan casi siempre cuáles son las causas de la huelga, sobre todo si la huelga tiene causas legítimas (no parece ser el caso de la de los controladores, quizá por eso sí las cuentan).

A mí me ha pasado miles de veces que, tras tener que enterarme de cuánta gente no ha podido coger el metro, la terrible catástrofe que ha sido, los miles de millones que se han perdido, la maldad de los piquetes, la insolencia de los cabecillas, lo que es en sí la plebe soliviantada, etc., al final no he podido enterarme de por qué están en huelga.
Ni idea. Que me aspen si lo sé. Eso no es importante, ¿verdad, amigo periodista?
No sea que el lector diga: anda, pues resulta que tienen toda la razón del mundo.

Ahora han ido un paso más lejos: hay huelgas de primera y huelgas de segunda, pero no depende del número de viajeros ni nada de eso, sino al parecer de la calidad de la ropa de entretiempo que utiliza el portavoz de los huelguistas y de la falta de entidad de los afectados, gentecilla como yo.
¿Por qué está en huelga Auto Res? Bueno, para hacer corta la historia, porque la empresa la compró en 2006 un fondo de capital riesgo británico… con eso está dicho todo. Estos filántropos han decidido de inmediato que lo importante es el beneficio empresarial, a costa (no podía ser de otro modo) de los derechos consolidados de los trabajadores.

Como me comentaba el conductor de mi coche, gracias al cómplice desinterés de la prensa y los medios informativos, los trabajadores sospechan que no tienen mucho que hacer. Ojalá pudiera decirle a ese conductor que no estoy de acuerdo, pero lo cierto es que lo veo con parecido pesismismo.
Ni la huelga ha existido (según la prensa) ni ha afectado a nadie (a nadie que tenga importancia) ni los trabajadores ni los pasajeros de autobús existimos.
Recuerda: el autobús es el medio de transporte colectivo más usado en España.
Recuerda: “Más de la mitad de todos los desplazamientos que se realizan en España en transporte colectivo se hacen en autobús” (El País).
Recuerda:
“Una cosa que se olvida es que más de una cuarta parte de los hogares españoles no tienen coche”, dice Ana Ramos, experta en transporte de la consultora Afi, especializada en Administraciones Públicas. El porcentaje aumenta por encima del 30% en provincias como Zamora, Ávila, Cuenca, Orense, Asturias, Salamanca o Soria. Territorios con poca población, dispersa y envejecida. Bolsas de pobreza en la España próspera y derrochadora que dependen del autobús. Como dependen los habitantes del País Vasco, un territorio donde se hacen en autobús el 70% de los desplazamientos en transporte colectivo. (El País)

La huelga de autobuses ha existido, pero en el país real, no en el país que interesa a los periódicos. Sólo ha habido huelga en ese país donde la gente gana poco dinero y no tiene entre sus preocupaciones primordiales la decoración de interiores, cómo seleccionar el bolso más adecuado o la averiguación de si la fruta ha sido cultivada sin productos químicos.

Mientras tanto, Renfe sigue intentando destrozar la red ferroviaria en beneficio del grandilocuente AVE.
Sólo el AVE (con tan pocas líneas y menos paradas) tiene más presupuesto que todo el resto de la red. No hacen más que cerrar líneas y reducir frecuencias.
Formidable esa apuesta por el AVE que, en el fondo, no consiste más que en elegir el tipo de pasajero que queremos: aquí no viaja gentecilla. Esos, que se vayan al autobús. Aquí no queremos a la España real, sino a esa que sale a todo color en los suplementos dominicales, tipos solidarios, creativos, capaces de expresar su individualidad a través del calzado que compran o la música que oyen, tolerantes, comprometidos con el planeta, tipos que reclaman carril-bici y orgamos simultáneos, la misma gente a la que van dirigidos los anuncios de teléfonos móviles o compresas con alas.
Puede que el AVE acerque Madrid a Barcelona, sí, pero a todos los pueblos y ciudades entre medias los manda de una patada a la estratosfera.
Qué vida.

RAFAEL REIG
"Huelga de mala calidad"

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pedazos de realidad.


Los lunes son días de reflexión por antonomasia (qué diablos querrá decir antonomasia, que diría Millás). Hemos desplazado el lugar del domingo a la siguiente casilla y cuando miramos el calendario somos conscientes de que la realidad nos empuja cada vez más rápido hacia el siguiente recuadro y así, irremediablemente, va pasando la vida con sus inconclusos planes.
El medidor de las vacaciones sigue siendo, por lo menos en Madrid, el tráfico: los coches vuelven a apoderarse de la ciudad y te encuentras cruzando un paso de peatones con una imponente fila de conductores desesperados. Y es que los semáforos son los silenciosos encargados de que un lugar funcione. Si realizamos un circuito similar, llegamos a conocer hasta el tiempo de cambio. ¿Por qué siempre, sin importar la hora, hay un semáforo que está en rojo?  ¿De qué depende que unos duren una eternidad y otros se pasen todo el día en verde? 
Mi adormilado cerebro no da para cuestiones mucho más transcendentales a esta hora de la mañana...

viernes, 3 de septiembre de 2010

Ballooning in magic Cappadocia...

La noche anterior saqué a Alberto del bar casi a rastras. Aquél quería fiesta y yo soñaba con la cama, sobre todo porque al día siguiente nos íbamos del hostal y el check out era a las 9:00 de la mañana... No dormí demasiado bien pendiente de que no se nos hiciera tarde. Si tienes despertador lo pones a una hora y te olvidas, pero si no tienes ni siquiera reloj ya te las puedes apañar para despertarte con el sol cuando duermes en una cueva... A eso de las siete de la mañana (por lo que me dijeron después) me levanté. Ya no podía aguantar el pipi... Y hace años que no me hago en la cama.
Para que la habitación nos salga más barata solemos pagar cuartos sin baño y en éste hostal había dos opciones:
Opción A- Bajar al patio donde sirven los desayunos y pasar entre las mesas de alemanes repeinados estando medio en pijama y con legañas... No muy recomendable.
Opción B- Subir unas escaleras no aptas para cardiacos (lo siento, Loren) y llegar hasta la terraza donde está la piscina. (¡Ajá! ¡Somos cutres, pero no tontos y hemos estado buscando hostales con piscina para disfrutar de las vacaciones en medio del desierto!)
Decidí subir, a pesar de que la pereza y el sueño lo desaconsejaban. Sin mirar hacia los lados me metí en el baño. Al ratito con la cara lavada pero sonámbula salí y fue entonces cuando me dí cuenta de lo que ocurre cuando quienes visitan la Capadocia se ponen de acuerdo para hacer BALLOONING.
NO me he inventado la palabra, podéis buscarlo en Google si no me creéis.
Consiste en pagar 150 Euros (por persona) para subir una hora en globo aerostático y ver amanecer sobre las formaciones rocosas de Gorëme.
El Ballooning (quienes sigan el blog ya lo sabrán) es otro de estos "ING" de la cultura anglosajona que me apasionan y que va como anillo al dedo a mi colección de deportes multiaventura practicados a lo largo -y ancho- del mundo por turístas avídos de experimentar sensaciones únicas a cualquier precio y ante la mirada atónita de los autóctonos... Diving, climbing, trekking, bungee jumping, tubbing...

Las coñas que nos llevábamos Alberto y yo con el susodicho globito eran importantes... Sobre todo después de saber que dos vascos (pardillos de manual), que conocimos el primer día en el aeropuerto de Estambul y que llevaban GPS hasta para andar, habían subido al globo y nos lo recomendaban encarecidamente.

¡Y ahora sí! Ahora os podréis hacer una idea de la cara de "pardilla de manual" que se me quedó al salir del baño y ver...
Un deslumbante amanecer sobre los tejados y rocas de la Capadocia enmarcado por un cielo cubierto de globos de todos los colores...

Eso sí, volví rápido a la realidad cuando un americano (pongo la mano en el fuego de que o era americano o era australiano) gritó desde el globo en un arranque de euforia:
- "¡Heyyy! ¡Guys! ¡THIS IS AMAZING!".


En la imagen superior vista de la Capadocia con globos.
En la de aquí cerquita guiris en un bar de tubbing en Vang Vieng (norte de Laos).
(El tubbing consiste en bajar el río subidos en unas colchonetas con forma de aro y parar en los bares de la orilla a beber cerveza. Cuanto más borrachos, más divertido. No encontraréis un africano en la foto. Ya lo he intentado...).

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Septiembres.

Vendimiadores, 1945.

Llega la vendimia y con ella el regreso perezoso a las ciudades, las rutinas, los colegios, los puestos de trabajo.
Madrid se despereza tras una larga siesta pegajosa, cuando todavía hace calor y luce el sol.
Justo a tiempo para ducharse, vestirse y salir antes de que nos sorprenda el otoño o nos congele el invierno.
Septiembre es un mes melancólico y un mes de reencuentros, de toma de decisiones.
Un mes dulce y apetecible como una uva blanca recién recogida aún tibia por los rayos del sol.
Paladeamos su carne y nos vienen a la memoria imágenes de otros septiembres...
Regresos apresurados de la caravana con toneladas de ropa por lavar.
El típico enfado de los padres que se resisten a retomar su batalla cotidiana y las ganas infantiles de reencontrarse con los juguetes, la cama, la habitación. Nuestro refugio y nuestro castillo. Un lugar dónde escondernos de un mundo demasiado grande.
Ahora, más cerca de mis padres que de mi infancia, entiendo por primera vez la reticencia de mi madre a volver. A despegarse de ese escondite que ellos han construído entre las cuatro paredes de un vehículo. Y ahora que lo entiendo me embarga una nostalgia y un amor infinito hacia esas hormiguitas que me han educado y me han dado la llave de su secreto.

Aciertos a la vuelta.

Es cierto que ahora viajamos con billete de vuelta. Hasta con reserva de hostal y sin cubiertos para el desayuno. Pero los tiempos cambian, como las relaciones, como los títulos de estas entradas improvisadas o como, en definitiva, la vida.
Turquía no es la misma que lo era hace años. La India supongo que tampoco se asemeja a aquellos relatos exóticos sesentayochescos y puede que hasta el carácter de los salmantinos haya variado en las últimas décadas. 
Pero ¿quién quiere paralizar el tiempo o, aún peor, encasillarse a medida que se cumplen años aparte de Jorge Sanz? 
Nosotros hemos modificado ciertas cosas. Hemos comprado unos cuantos souvenirs sin haber mandado postales al por mayor, nos hemos contenido a la hora de coger autobuses y al final nos hemos centrado en cuatro sitios.
De todas formas, es difícil salirse de la ruta de agencias en un país que se ha convertido en el nuevo París. Si no, compruébenlo: al menos tres de cada cinco personas del grupo más proximo- trabajo, amigos, familia- han estado en Turquía.

A la vuelta hemos notado, sobre todo, calma: Madrid se presenta con un ritmo vital que no aparece ni en el cardiograma de la ciudad de Estambul. Vuelven las calles vacías y el calor seco.
Pero en este periodo de sequía rutinaria hemos recobrado las ganas de acercarnos al videoclub y retomar el ritual de peli por noche. En este par de días hemos hecho dos aciertos plenos: Soul Kitchen, de Fatih Akim,y Buscando a Eric, de Ken Loach. 

La primera es la menos étnica del director y la más fresca. Agradable, rápida, bien entretejida y magistralmente rodada. La segunda acaba algo más floja, pero aun así posee aroma del director y un guión que, como en el caso de Woody Allen, por muy apresurado que sea, supera la tónica general.

Gratas sopresas para un inicio tras un corto paréntesis.