lunes, 19 de abril de 2010

¡Tururú!


Es por nuestra seguridad: cancelar vuelos, subir el precio del metro, poner más cámaras de vigilancia... Qué bonito.
Cada vez que alguien vela por mi seguridad me llevo la mano al bolsillo. Ahora, la situación de los vuelos convierte la realidad en una novela de Saramago: la gente deja de ver, de votar o la muerte desaparece a su antojo. Y transforma en ficción lo que suele ser aburrido y denso como la nube de ceniza.
¿Qué pasaría si dejara de haber aviones?
En Europa, la gente volvería a coger trenes y autobuses entre países, algo frecuente hasta hace muy poquito tiempo y que parece haber sido olvidado gracias a la varita mágica de los gerentes de las líneas de vuelos baratos. Los viajes de fin de curso seguirían siendo en autobús y los fines de semana al pueblo y no a Praga o Roma.
El sudeste asiático respiraría y sus habitantes volverían a saber lo que es un templo sin europeos o americanos haciendo fotos.
Sudamérica empezaría a desarrollarse con sus propios recursos y no exportaría mano de obra precaria o fruta transgénica.
Estados Unidos y África seguirían igual: el primero porque seguiría mirándose al ombligo y haciendo caso omiso de restricciones y el segundo porque nunca se ha beneficiado de los aviones.
Y hasta que todo vuelva a su normalidad y el Estado pague las pérdidas de negocios privados, les dedicamos un alto y sonoro "¡¡TURURÚ!!"

sábado, 17 de abril de 2010

Metáfora del capitalismo

Aparece en los periódicos: una banda se dedica a robar las alcantarillas y venderlas por cien euros a un comprador ilegal de metal que, a su vez, vende este metal a la administración encargada de hacer alcantarillas por ciento cincuenta euros.
Bonito flujo. Todo se transforma: metal, billetes, acciones...

Derechos Humanos

En el futbol incluyeron a un árbitro que decidía qué era falta o cuándo había salido fuera. Esta tercera persona mediaba entre las opuestas opiniones de dos equipos. Claro, que no siempre cualquiera de las dos versiones es la verdadera. Por eso, este individuo también se equivoca. Para dificultar un poco más las cosas crearon jueces de línea, federaciones y servicios informáticos a pie de pista. Ni siquiera todos estos organismo han conseguido que unas veces se acierte y otras se falle.
Si es más que probable que nos personas no lleguen a un acuerdo, es una certeza que tres o más no lo conseguirán jamás.
Eso es lo que hace el derecho: obstaculiza lo (relativamente) sencillo. Traspasa algo bilateral a una dimensión pluridireccional que desvía interminablemente lo plano. Y convierte una acción cotidiana en una marea de trámites. Objetivo: que lo que se podría solucionar en un momento pasa al universo temporal de la justicia, desquiciando a la víctima hasta reducirlo a la espera de la sentencia. Trabas para que se beneficie, cómo no, el inventor: empresa, banca o estado.
Según Lao-Tsé, "cuando no cumplimos con nuestros deberes, nos amparamos en nuestros derechos".

jueves, 15 de abril de 2010

Colillas en el suelo.


Es inevitable: cuando uno se acostumbra a lo bueno, los reveses siempre son más difíciles de aguantar.
Después de dos semanas de buen tiempo, vuelve la lluvia y el frío y Madrid muestra su otra cara, la de la prisa y los malos modos subordinados a una aguja del reloj (o a una aguja, simplemente, si se trata de nuestros vecino del metro).
El recuerdo de tiempos pasados, con el aliño de programas de éxito que visitan a los paisanos residentes en otra parte del mundo, nos trasladó el otro día a Uganda. Un país, no nos cansamos de decir, asombroso. Una lección de tranquilidad y ganas de cambiar las cosas. Quizás porque pasamos más tiempo allí que en otro país africano y nos mezclamos algo más con la gente tenemos más cariño a sus paisajes que a otros que nos ofrecieron fauna salvaje o picos legendarios. Su capital, no obstante, es sucia y caótica. Las demás aldeas son los restos de una planificación abortada y las carreteras que las unen suponen la línea más primitiva de unión entre dos puntos, como los primeros deberes de un niño de repasar el perfil de un dibujo con un punzón.
Aun así, la gente salía contenta: un señor aseguraba cual mantra justificante que los niños de allí eran pobrísimos; una monja se echaba las manos en la cabeza por el índice de SIDA sin ningún remordimiento y una chica pagaba el precio de un alquiler medio de aquí por una mansión compartida con otros blancos. Estaba contenta y sin nostalgia.
Después de este proselitismo de una vida mejor lejos de la burbuja inmobiliaria estranguladora, me pregunté si harían el mismo tipo de programas en otros países. Por ejemplo, "Marroquíes por el mundo" o "Subsaharianos entre dos aguas". A ver qué opinaban de su nuevo destino estas criaturas sin opciones.
¿Qué oportunidades de ocio ofrece El Ejido? ¿De qué tejido son las mantas de la Cruz Roja? o la reiterativa ¿Cuánto tiempo llevas aquí? con la coletilla "sin papeles".

miércoles, 7 de abril de 2010

Madridcentrismo.


No sé si soy yo, que puede que sí (pero para algo es mi opinión) o cada vez más me cuesta ver las noticias que da la Primera de Televisión Española por su excesivo Madridcentrismo.
¿Qué pasa? ¿Que sólo hay atascos en Cibeles? ¿Que sólo hay tráfico en las salidas de Madrid? ¿Que sólo es noticia la llegada del otoño en los jardines del Retiro?
¿Que sólo la Gran Vía cumple 100 años?
Desde aquí hago un llamamiento para que todos aquellos que piensen que su calle tiene más de 100 años lo digan sin tapujos.
¡Inconformistas del mundo: UNÍOS!

domingo, 4 de abril de 2010

Gorrones sin fronteras, por Sánchez Dragó.

Remoloneo en la cama. La tele dice que los misioneros sin crucifijo, pero con chalecos de coronel Tapioca, secuestrados en Mauritania siguen en paradero desconocido. Mi mujer, que es japonesa, exclama: ¡Menudo chollo! Los españoles pagáis al contado y, encima, convertís en héroes a esos pijos. Razón lleva. Pijos, caraduras, gilipollas y gorrones, añado. ¿Acció solidaria? No. Acción mamaria (de mamoneo). Lo de esa gubernamentalísima organización no gubernamental es como para clamar al cielo en el que sus frailes no creen. Pijos, porque basta verlos, saber quiénes son sus papis y pasar lista a los enchufes de los que viven. Caraduras, porque jeta de granito hay que tener para asegurar que es la misericordia -solidaridad, la llaman. Jerga progre- lo que los mueve. ¡Oh, cuánto sacrificio! ¡Qué entereza de ánimo la que los lleva a arrostrar las penalidades del turismo de aventura! Gilipollas, porque lo es en grado sumo todo el que piense que con unos cuantos camiones cargados de alubias, chocolatinas y preservativos va a sacar de apuros a millones de personas gobernadas por sinvergüenzas. Son éstos quienes se quedan con el cepillo. Y aunque así no fuese, ¿no sería más lógico cargar la ayuda en un mercante y entregarla en los puertos de destino a cualquier institución solvente (si existiera, lo que es dudoso) o depositarla en las huchas del Domund? Tres cuartas partes, como mínimo, del dinero recaudado por las oenegés laicas van a parar al pozo de los gastos de gestión y al sumidero de la corrupción. Añadan a eso los del viajecito de treinta y tantas personas -¡treinta y tantas!- enviadas desde Cataluña, a todo tren, a tan lejanos parajes y echen cuentas. ¿Es que no hay aquí pobres sin intermediarios a la vuelta de cualquier esquina? Y si el donante los prefiere de raza negra o circuncisos y con chilaba por mor del exotismo, no han de faltarle. En cuanto a lo de gorrones, yo también me pongo a veces ridículos chalecos de coronel Tapioca, pero los pago de mi bolsillo. Si cruzo el Sáhara para revolcarme en las dunas y me descalabro o me voy al Índico a pescar atunes y doy en hueso, es sólo asunto mío o de los míos. ¡Ojalá los chupópteros sin fronteras regresen ilesos a sus camitas, pero confío en que lo sucedido sirva de escarmiento a esos tontainas y a quienes les consienten los caprichos! ¡Qué buenos son los politicastros mendicantes que nos llevan de excursión! Nunca viene mal una colleja propinada en el momento justo.

jueves, 1 de abril de 2010

La ciudad.


Vuelves de un viaje y a los pocos días ya parece que no te hayas ido. La rutina casa-trabajo-casa te empieza a atrapar, olvidas (de nuevo) prioridades loadas a lo largo de meses de interminables noches de autobús, cenas al borde del caos. Los rompecabezas que parecían empezar a encajar vuelven a desestructurarse y sólo puedes ver tu reflejo, una tarde, al salir de la oficina, sin reconocerte. De nuevo, volver a empezar, pero esta vez, más cerca de los trenta.