"No pretendo ser uno de esos gilipollas que creen que todo lo que hacen merece una metáfora. Yo solo busco anotarme, registrar lo que vivo. No hago biografía, hago inventario"
"Me vio y me hizo ir hacia ella. Me encontró mientras yo intentaba no perderme a mí mismo. Hambriento de Ella y de Nadie más. Su gran amor me da valentía y perfora mi miedo y mi rabia"
A la caza de la mujer, James Ellroy.
La referencia al libro de Ellroy es, simplemente, un homenaje al cierre del libro. a ese momento en que sacas el separador y lo introduces en la estantería. Al final de una época, aunque sea minúscula. En este caso, el cartón a medio gas llevaba pendiente desde el verano pasado y, por fin, lo liberé de su presa hace unas semanas. Además, me llevé unas memorias en forma de tiroteo. Unas memorias en forma de escupitajo y un recuento del autor en busca de esa mujer ansiada que no es, ni más ni menos, que el sosiego de su inconsistencia.
Ejército Enemigo, Alberto Olmos.
Terminas de leer Ejército Enemigo, de Alberto Olmos, y no te
queda más remedio que quedarte pensando en algunas de las teorías que expone.
La primera, y recurrente, es aquella de “la solidaridad ha fracasado”. Un
postulado que atraviesa la trama y el misterio de toda la novela y que refleja
una postura cínica y realista de nuestra sociedad de consumo. No es una piedra
al vacío, es una tesis postmoderna muy a lo Belén Gopegui. No es echar las
culpas fuera: todos estamos ahí. Todos somos esos burguesitos revolucionarios
que queremos escondernos en la masa y pedir una solución para, por ejemplo, las
selvas de Chiapas.
Pero lo mejor no es la disección de la caridad
primermundista sino las guindas que va dejando. Recuerdo, varios días después
de terminarlo, una de las anécdotas que cuenta: resulta que entre los
publicistas corre la historia de un mendigo que pedía dinero con un cartel que
decía “Soy ciego” y no le entraba ni un chavo. Un día, un empleado de márquetin
escribió: “Soy ciego, pero hoy ha llegado la primavera” y la cesta se llenó de
monedas. Pienso en que le gustará a mi hermano. Pienso en que el libro también.
Creo que me la llevaré unos cuantos días más conmigo porque me ha cambiado la
forma de mirar cada acción. Leo: Mermelada de fresas jugosas. Leo: Señóritas
espectaculares para caballeros exigentes. Leo: elegancia, clase, discreción. Y
sé que “jugosas” es la clave. La mermelada sabe igual (arrope artificial) pero
el adjetivo le cambia el gusto. O caballeros exigentes, discrección. Palabras
puestas al dedillo que engarzan con una seductora chispa mental.
Y dentro de esa sagaz mirada sobre lo contemporáneo, sobre
lo que nos rodea, vuelve a salir la pregunta que ya planteó Toni hace unos
meses: ¿Cuánto de Olmos hay en el protagonista? A lo mejor no queda una novela para
los anales. A lo mejor solo es el salto a una editorial grande y el iceberg que
se inclina hacia lo subterráneo, hacia las novelas pasadas. En cualquiera de
los casos, merece la pena.
"Me vio y me hizo ir hacia ella. Me encontró mientras yo intentaba no perderme a mí mismo. Hambriento de Ella y de Nadie más. Su gran amor me da valentía y perfora mi miedo y mi rabia"

La referencia al libro de Ellroy es, simplemente, un homenaje al cierre del libro. a ese momento en que sacas el separador y lo introduces en la estantería. Al final de una época, aunque sea minúscula. En este caso, el cartón a medio gas llevaba pendiente desde el verano pasado y, por fin, lo liberé de su presa hace unas semanas. Además, me llevé unas memorias en forma de tiroteo. Unas memorias en forma de escupitajo y un recuento del autor en busca de esa mujer ansiada que no es, ni más ni menos, que el sosiego de su inconsistencia.