miércoles, 6 de octubre de 2010

Lecturas metidos en otoño.

No es fácil ponerse en un terreno neutral y observarse como un ser en tercera persona. Por mucho que un escritor logre dotar de voz omnisciente a su narrador y penetrar en la mente de cada uno de sus personajes, hacerlo en la vida real es un ejercicio meditativo que siempre va teñido por nuestros caprichosos anteojos.
Giralt Torrente, en Tiempo de vida, elabora un testimonio sincero, emotivo sin ser rosa y todo lo objetivo que puede ser el lenguaje impersonal escrito desde la propia persona. Emociona, pero no empalaga. En ningún momento hace reir, pero tampoco sentir compasión o misericordia. Habla con sinceridad. En algunos casos desde el arrepentimiento y en otros desde el dolor del desengaño. Es una buena crónica de una relación tan complicada como la paterno-filial.
Un libro que si está incluido en la sección de narrativa no es más que por el progreso cronológico del ensayo, no porque posea ningún tizne de novela.
Por otro lado, el curioso De qué hablo cuando hablo de correr, de Murakami, es un pequeño anecdotario de sus experiencias como corredor y las relaciones con el ejercicio de la escritura. De lectura fácil y rápida, aparte de alguna digresión filosófica sobre ambas actividades es alentadora para salir a la calle y galopar.

martes, 5 de octubre de 2010

Después de la boda.

Después de la boda se dicen muchas cosas. Se pasan reuniones enteras rememorando escenas o anécdotas. Cuchicheando, criticando o- en el mejor de los casos- tratando de esclarecer esas lagunas producidas por el alcohol.
Desde luego, ésta tiene mucho que recordar.
En primer lugar, la introducción magistral a modo de zapeo radiofónico. Después, las sentidas intervenciones y el manejo de una banda sonora sublime. Por fin, una comida exquisita y un baile insuperable.
Sí, era la boda de mi hermano. Pero también reconozco que ojalá fueran todas así. Desde mi pobre experiencia y, si acaso, percepción, nadie disfruta realmente en las bodas. Pueden ser entretenidas o bonitas, pero no mucho más lejos que cualquier banquete familiar.
Jorge y Noemí han hecho, como era de esperar, un espectáculo a su nivel y exigencia. Han reunido a lo mejorcito y han contagiado el entusiasmo para que el sentimiento general fuera el de alegría. Y han llevado a cabo lo que tantas veces parece tan difícil: disfrutar sin condiciones.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Cena en familia.

 Comimos pizzas, reimos, nos emocionamos y, como niños, rebañamos cada uno con una cuchara el cuenco de pudin de chocolate que habían hecho horas antes. Hasta darnos cuenta de que seguíamos siendo iguales, aunque en las fotos aparecíamos más jóvenes de lo que imaginábamos.
Pero, a todo esto, ¿qué pinto yo escribiendo "en familia" rodeado de una pareja rubia, de ojos azules y metro ochenta? 

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Reencuentros.

Tenemos nostalgia del pasado y nostalgia de los reencuentros. Nostalgia de lo que fue, pero también de lo que está siendo en este mismo momento. Creamos futuros recuerdos y, sin embargo, nada hay mejor que el presente.
Reencuentros antiguos te devuelven a lo que eras, pero también a lo que podías haber sido. 
¿Y qué? Aquí estamos, que ya es bastante.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Se van los mejores.

Hubo un año, quizás el de mi ignorancia más placentera, en el que les llegó el turno a folclóricas y chorizos como Rocío Jurado y Jesús Gil. Uno no puede reirse de según que cosas, pero su eco sólo se vio reflejado en el mundillo rosa y en estercoleros semejantes.
Años de buena cosecha y temporadas de sequía. El año pasado la lista se engrosó con Paul Newman, Benedetti, Ayala, José Luis López Vázquez o Azcona, entre otros. Personas que te han dado placeres impagables aunque sólo llegues a clarificar su existencia y sus logros una vez nos abandonan. 
Hoy amanezco con la noticia de la muerte de Labordeta y los titulares que lo tildan de dar voz al pueblo.
Para mí su música, su política o su escritura me es prácticamente desconocida, pero sólo el nombre ya me transmite la sensación de integridad personal. De normalidad entendida como inteligencia y modestia a la vez. 
Delibes, Saramago y ahora Labordeta: como canta Pedro Guerra, se van los mejores.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Piscinas municipales cubiertas. Parte I.

Parece mentira lo gilipollas que son los niños. Y, por encima de ellos, sus padres. Vale que permitas al chaval que se compre el abono de verano y que así te deje tranquilo en la hora de la siesta y se baje con sus amiguitos a pasarse ocho horas en remojo. Vale que alguna mañana lo acompañes porque su pandilla ya está en Benidorm y no hay un Dios en Madrid que quiera salir a la calle. Vale, incluso, que te toque ir con el grupo entero porque las mamás esa tarde tienen compras y no pueden hacerse cargo. Hasta puede valer, con muchas excusas y consentimientos, que lo apuntes a algún cursillo de natación los martes y los jueves y te toque mirar desde las sillas de pvc de la sala de espera cómo patalea un grupo de mocosos con una bandeja azul celeste y carcomida de un lado a otro de la calle. Pero lo que no se perdona, bajo ningún concepto, es que por tu propia iniciativa lleves a tu niño a nadar y te propongas acompañarlo en la fila contigua.
Si lo haces, sabes a lo que te atienes. Si luego te quejas del curro, allá te las apañes. Si pillas baja por estrés, lo menos que pueden hacerte es despedirte por inconsciente.
En una piscina municipal cubierta, lo primero que tienes que aguantar es una cola kilométrica de madres y hasta abuelas cotilleando mientras los renacuajos corren y se pelean en pleno hall del polideportivo. Después, las doce pruebas de Hércules: chanclas, gafas, gorro, toallas, burbuja y demás parafernalia adaptada (adaptada, has leído bien) a la normativa propia de cada recinto. De todas formas, siempre tendrás algo inadecuado (bañador, reloj...) y te tocará escuchar el puto silbato del socorrista desde la silla esa que parece que está arbitrando un partido de tenis.
Después de una sesión tonificante de brazadas, apúrate al vestuario y te encontrarás cambiando de ropa a tu hijo encima de un banco roñoso, sujetándose a tus hombros para no resbalarse y sudando para poder subirle los pantalones.
Qué sacrificado esto de ser padre, y qué invento las piscinas cubiertas. Todo con tal de que nuestros hijos sean felices.

jueves, 16 de septiembre de 2010